domingo, 19 de abril de 2009

Brasilia aspira a compartir con Washington el liderazgo continental

Brasil quiere dejar su huella en América

"El trabajo duro comienza tras la cumbre. Todos sabemos que el futuro de América Latina depende en buena parte del papel predominante que jueguen los dos países decisivos del hemisferio: Estados Unidos y Brasil. El futuro depende de las relaciones de comprensión y equilibrio que se construyan entre Washington y Brasilia". El análisis de David Rothkopf, experto estadounidense que ocupó un alto cargo en el Departamento de Comercio, resume uno de los grandes asuntos que recorre la cumbre de Trinidad y Tobago. ¿Cómo responderá la Administración de Barack Obama a los intentos de Brasil de imprimir su huella en el continente y de ejercer un liderazgo poco disimulado?

Tradicionalmente, Washington ha intentado aislar a Brasil del resto de América Latina, buscando relaciones bilaterales, país a país, y haciendo competir a los países latinoamericanos por una posición de favor o por un trato preferente. Durante décadas, EE UU intentó apoyarse directamente en México, Brasil, Chile y Perú como socios aislados, pero la situación en América Latina, sin ser homogénea, ha cambiado sustancialmente en los últimos años. Los 32 jefes de Estado que han acudido a Trinidad y Tobago han sido elegidos democráticamente y, sobre todo, Brasil ha ido adquiriendo experiencia y fuerza y reclamando, con discreción, pero sin dudas, que se le reconozca una posición predominante.

Brasil, asegura Rothkopf, no quiere estar en el mismo plano que Argentina o México, "es una nación que no quiere ser vista simplemente como el país más grande de América Latina, sino como un protagonista internacional respetable y respetado". Brasil es ahora mucho más sensible a cualquier estrategia estadounidense que pretenda aislarle del continente o que se empeñe en contener su influencia.

La prueba fue la megacumbre convocada por el presidente, Luiz Inácio Lula da Silva, en diciembre en la costa de Sauípe, en la que por primera vez asistieron representantes de toda América Latina y el Caribe, incluida Cuba, sin la presencia de EE UU ni España. Sauípe fue una gran demostración de la fuerza diplomática brasileña y marcó un hito importante, no sólo por el regreso de Cuba a los foros latinoamericanos, sino también por escenificar la potente reaparición de México como interlocutor de Brasil.

Obama es consciente de que EE UU necesita recomponer su prestigio en América Latina, muy deteriorado en la etapa Bush, y de que su oferta de acabar con el unilateralismo no puede ser válida sólo para Europa. La forma en la que responda a la nueva posición de Brasil puede ser muy reveladora. Es seguro que ni Obama, ni ningún presidente de EE UU, va a estar dispuesto a renunciar a su protagonismo en el área americana, entendida de manera global.

"La presencia de otros poderes en América Latina", dijo Obama en uno de los debates presidenciales, "es más notoria debido a nuestra ausencia". La presencia de China, Japón o, incluso de Rusia e Irán, en América Latina se acentuó en la última década en busca de los productos alimenticios y de minería que muchos países latinoamericanos, y especialmente Brasil, pueden exportar, en cantidades masivas. Pero esa presencia se hizo todavía más llamativa, como advirtió Obama, por la progresiva ausencia de Estados Unidos, absorto en Oriente Próximo, Irak y Afganistán.

Eso, probablemente, es algo que la Administración Obama va a querer corregir urgentemente, aprovechando, además, la formidable popularidad del presidente estadounidense en América Latina y el Caribe, a la que no es ajena su condición racial. (Hasta el régimen de Castro encuentra dificultades para atajar el enorme orgullo que despierta Obama entre los negros cubanos).

Lo que importa saber ahora es si la administración estadounidense sigue creyendo que el protagonismo de Brasil puede ser una amenaza para sus propios intereses o si cree posible hacer compatibles las agendas de los dos países, asegura Kellie Meiman, autor de un trabajo sobre las posibilidades de cooperación entre Estados Unidos y Brasil. Ésa es una de las preguntas que muchos expertos en América Latina se están formulando estos días en los pasillos de Trinidad y Tobago.

El reequilibro de las relaciones entre los dos países más grandes de América, decisivo para la estabilidad democrática y económica del hemisferio, no está exento, sin embargo, de grandes dificultades. Primero, porque para ejercer ese liderazgo Brasil tiene que resolver antes algunos problemas diplomáticos serios con Paraguay, Bolivia o Ecuador, y porque tiene que lograr, además, que Argentina acepte un dibujo más realista de su papel en América Latina. Argentina, que siempre pensó en Brasil como un país "periférico", menos educado y más desigual, se encuentra ahora con que es Buenos Aires la que ocupa esa posición secundaria. Absorta en sus problemas políticos internos, Argentina tiene enormes dificultades para volver a analizar su papel internacional y para reconocer que, probablemente, su mejor opción sería pegarse a Brasilia, como un día Francia se pegó a Alemania.

Para Estados Unidos tampoco será fácil aceptar el liderazgo de Brasil, que rechaza tajantemente cualquier injerencia de Washington en los asuntos internos de los países latinoamericanos, y que se ofrece como interlocutor no sólo en América Latina, sino en todos los organismos internacionales. Entre medias, los dos países tendrán que encontrar una solución para el futuro de la Organización de Estados Americanos (a la que no pertenece Cuba, pero sí EE UU, y en la que, dicho sea de paso, España está presionando nuevamente para conseguir un estatus mejor que el de simple observadora) y para el asentamiento de otros organismos sin la presencia de Washington, como el Unasur, que ayuden a Brasil a mantener la estabilidad en la zona.

Fonte: El País

TRADUÇÃO PARA O PORTUGUÊS

"O trabalho duro começa depois da cúpula. Todos sabemos que o futuro da América Latina depende em boa parte do papel predominante dos dois países decisivos no hemisfério: Estados Unidos e Brasil. O futuro depende das relações de compreensão e equilíbrio que se construam entre Washington e Brasília". A análise de David Rothkopf, especialista americano que ocupou um alto cargo no Departamento do Comércio, resume um dos grandes temas que permeiam a cúpula de Trinidad e Tobago. Como o governo de Barack Obama responderá às tentativas do Brasil de imprimir sua marca no continente e de exercer uma liderança pouco dissimulada?

Tradicionalmente, Washington tentou isolar o Brasil do resto da América Latina, buscando relações bilaterais, país a país, e fazendo os países latino-americanos disputar uma posição de favor ou um tratamento preferencial. Durante décadas, os EUA tentaram se apoiar diretamente no México, Brasil, Chile e Peru como parceiros isolados, mas a situação na América Latina, sem ser homogênea, mudou substancialmente nos últimos anos. Os 32 chefes de Estado que estiveram em Trinidad e Tobago foram eleitos democraticamente, e sobretudo o Brasil adquiriu experiência e força e reivindica, com discrição, mas sem deixar dúvidas, que seja reconhecido em uma posição predominante.

O Brasil, afirma Rothkopf, não quer estar no mesmo plano que a Argentina ou o México. "É uma nação que não quer ser vista simplesmente como o maior país da América Latina, mas como um protagonista internacional respeitável e respeitado." Hoje o Brasil é muito mais sensível a qualquer estratégia americana que pretenda isolá-lo do continente ou que se esforce para conter sua influência.

O teste foi a megacúpula convocada pelo presidente Luiz Inácio Lula da Silva em dezembro na Costa do Sauípe, da qual pela primeira vez participaram representantes de toda a América Latina e do Caribe, incluindo Cuba, sem a presença dos EUA nem da Espanha. Sauípe foi uma grande demonstração da força diplomática brasileira e marcou um feito importante, não só pelo regresso de Cuba aos fóruns latino-americanos, mas também por representar o poderoso reaparecimento do México como interlocutor do Brasil.

Obama tem consciência de que os EUA precisam recompor seu prestígio na América Latina, muito deteriorado na etapa Bush, e de que sua oferta para acabar com o unilateralismo não pode ser válida só para a Europa. A forma como reagirá à nova posição do Brasil pode ser muito reveladora. É certo que nem Obama, nem qualquer presidente dos EUA, estará disposto a renunciar a seu papel de protagonista na área americana, entendida de maneira global.

"A presença de outros poderes na América Latina", disse Obama em um dos debates presidenciais, "é mais notória devido à nossa ausência."

A presença de China, Japão e inclusive Rússia e Irã na América Latina se acentuou na última década, em busca dos produtos alimentícios e minérios que muitos países da região, especialmente o Brasil, podem exportar em quantidades maciças. Mas essa presença se fez ainda mais notória, como advertiu Obama, devido à progressiva ausência dos EUA, absorvidos no Oriente Médio, Iraque e Afeganistão.

Isso provavelmente é algo que o governo Obama vai querer corrigir com urgência, aproveitando também a formidável popularidade do presidente americano na América Latina e no Caribe, que não é alheia a sua condição racial. Até o regime de Castro encontra dificuldades para aceitar o enorme orgulho que Obama desperta entre os negros cubanos.

O que importa saber agora é se o governo americano continua acreditando que o destaque do Brasil pode ser uma ameaça para seus próprios interesses, ou se considera possível compatibilizar as agendas dos dois países, afirma Kellie Meiman, autor de um trabalho sobre as possibilidades de cooperação entre EUA e Brasil. Essa é uma das perguntas que muitos especialistas na América Latina estão se fazendo nestes dias nos corredores de Trinidad e Tobago.

O reequilíbrio das relações entre os dois maiores países da América, decisivo para a estabilidade democrática e econômica do hemisfério, não está isento de grandes dificuldades, porém. Primeiro porque para exercer essa liderança o Brasil tem de resolver alguns problemas diplomáticos sérios com Paraguai, Bolívia e Equador, e porque tem de conseguir também que a Argentina aceite um desenho mais realista de seu papel na América Latina. A Argentina, que sempre pensou no Brasil como um país "periférico", menos educado e mais desigual, percebe hoje que é Buenos Aires que ocupa essa posição secundária. Absorta em seus problemas políticos internos, a Argentina tem enormes dificuldades para voltar a analisar seu papel internacional e para reconhecer que, provavelmente, sua melhor opção seria ligar-se a Brasília, como um dia a França se ligou à Alemanha.

Para os EUA também não será fácil aceitar a liderança do Brasil, que rejeita taxativamente qualquer ingerência de Washington nos assuntos internos dos países latino-americanos e que se oferece como interlocutor não só na região como em todos os organismos internacionais. Entretanto, os dois países terão de encontrar uma solução para o futuro da Organização de Estados Americanos (à qual Cuba não pertence, mas os EUA sim, e na qual, diga-se de passagem, a Espanha está pressionando novamente para conseguir uma melhor posição que a de simples observadora) e para o assentamento de outros organismos sem a presença de Washington, como o Unasul, que ajudem o Brasil a manter a estabilidade na região.

Tradução: Luiz Roberto Mendes Gonçalves

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